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Con una población de siete mil individuos, Karen y Julián tienen en el cultivo amistoso de los caracoles, uno de
los secretos industriales más importantes de su naciente empresa. Foto: María Claudia Rojas |
Empresa que sale del caparazón
Una crema regeneradora a base de baba de caracol logró escalar de simple
tarea de clase a microempresa. Retomando la receta de las abuelas, Karen y Julián
fundaron un proyecto creativo que sacó de la concha a la helicina, un compuesto
con cualidades estéticas y medicinales.
“-¿Te interesa una crema de baba de
caracol?”.
“-¿Qué es eso?” -contestó el interlocutor
con cara entre asco y sospecha.
Después de esa desconsoladora respuesta,
Karen Vides debía dar una suerte
de explicaciones para interesar al comprador
en las bondades de la crema regeneradora
que ella había obtenido.
En todo caso era más fácil investigar
10 ó 12 horas en el laboratorio que salir
a ofrecer comercialmente el producto de
sus desvelos académicos. La única experiencia
en ventas la había tenido en su
vida de colegial, y creyó que la decisión
de estudiar Ingeniería Química la “vacunaría”
para siempre contra esa ingrata
experiencia.
Pero sus prometedores resultados con
los gasterópodos hace dos años, cuando
solo algunas abuelas se atrevían a usarlos
ante la mirada desconfiada de sus familias,
la puso frente al dilema de convertirlos
en su proyecto de vida o archivar la
investigación en un anaquel.
Es obvio que Karen tomó partido por
la primera opción porque estaba convencida
de que su trabajo planteaba una
novedad tecnológica. Antes que las televentas
lanzaran la baba de caracol a la
fama, la joven ingeniera se entregaba de
sol a sol a atrapar la helicina, el principio
activo de la baba de caracol, en
una emulsión de amplio uso entre quienes
padecieran manchas en la piel, acné,
necesitaran cicatrizar una herida o sanar
una pañalitis.
Carrera sin resbalones
Todos los sábados entre 8:00 y 10:00
de la mañana, un ejército de 600 caracoles
es estimulado a dar una caminata
inusual. Recorren por lo menos un kilómetro,
en un ejercicio que, literalmente,
los hace sudar la baba. “Este método
de extracción, aunque artesanal, es amigable
con los animales y garantiza un
índice de mortalidad bajo”, señala la
ingeniera química.
Ella vio la necesidad de controlar todo
el proceso, desde el cultivo de los caracoles
hasta la elaboración y venta de la
crema. Precisamente la ventaja competitiva
de su producto está cifrada en la
tenencia de los animales -incluyendo la
invención de un concentrado para alimentarlos-,
a los que, a toda costa, ha evitado
someter a las prácticas “salvajes” de
centrifugarlos, colocarlos a altas temperaturas,
golpear el caparazón o sumergirlos
en soluciones químicas para obtener
el valioso fluido. Ella sabe que esas rutinas
generalizadas alteran el sistema nervioso
de los caracoles, “y aunque el hecho
de sentirse en peligro de muerte hace que
expelan más baba, comprobamos que así
la helicina es más poca y de baja calidad”.
A la conclusión que la extracción debe
evitar traumatismos, se suma la verificación
de la capacidad regeneradora de
los tejidos y la actividad antibiótica de
la baba de caracol. No hubo duda de
que las proteínas responsables de reparar
manchas, cicatrices y, en algunos casos,
arrugas, se relacionan con los altos contenidos
de alantoina -ayuda a que el
componente activo penetre hasta la tercera
capa de la piel-, ácido glicólico
-nutre y facilita la eliminación de células
muertas-, y colágeno y elastina -regeneran
el tejido-.
Pero la inhibición del Staphylococcus
aureus, causante del acné, fue una sorpresa:
“Al sembrar la bacteria en cajas
de petri, justo donde colocamos muestras
dispersas de baba de caracol, se formaba
un halo que le impedía al microorganismo
crecer”, relata Judih Sarmiento,
investigadora del Departamento de
Microbiología Veterinaria de la
Universidad Nacional. En el laboratorio
cotidiano, un joven con acné severo
reaccionó favorablemente al aplicarse la
crema durante un par de días; el enrojecimiento
desapareció y la inflamación de
sus “barros bobos”, disminuyó.
Gracias al método de extracción y a
la fórmula para estabilizar las delicadas
propiedades de la baba, hoy Karen, que
apenas empieza su carrera empresarial,
vende cerca de 100 unidades por semana,
sin hacer demasiada publicidad.
Empresa a pesar del cliché
El paso de investigadora a empresaria
no estuvo exento de afirmaciones incisivas.
“Eso no es ingeniería”, comentaron
algunos docentes, para quienes la convención
del ejercicio profesional está en
la actividad petrolera, en trabajar silicatos
o residuos industriales, y para nada en la
cosmética.
Esa “vergüenza” ajena de sus profesores,
e incluso de muchos compañeros,
hacia su idea de elaborar una crema a
partir de baba de caracol, estuvo paliada
por el apoyo incondicional que le brindó
su director de tesis. El profesor Mario
Enrique Velásquez no sólo conocía bien
la iniciativa, sino que desde que Karen la
desarrolló para la materia de Planta Piloto
le pronosticó futuro. Por eso aceptó ser
su director de tesis dos semestres más
tarde: “Venimos de unos estereotipos que
la asignatura quiere romper. El objetivo
es anclar la capacidad científico-tecnológica
de los egresados, de tal forma que les
permita ser autónomos en el trabajo para
que no sean dependientes de un empleo,
y más bien generen recursos”, dice.
Propósito que tiene en Vélix, la empresa
de Karen y su socio Julián Prieto, un
ejemplo palpable. La persona que a diario
cuida los caracoles y un zootecnista
son los dos empleos directos que hasta
el momento ha originado; mientras la
empresa que elabora los envases, la de las
etiquetas y las 12 mujeres que comercializan
el producto en Bogotá, Boyacá y
Pereira, se cuentan entre los indirectos.
La maquila como sistema de producción
y el lanzamiento de una crema de
noche con la misma materia prima pero
enriquecida con aceite de geranio, les
esperan en menos de un mes. También
nuevas investigaciones con el hospital
dermatológico Federico Lleras, le abrirán
el paso a una naciente industria nacional
que la Unidad de Emprendimiento
Empresarial de la Facultad de Ciencias
Económicas no se equivocó en apoyar.
Huyendo de las ventas, Karen terminó
convirtiéndose en empresaria de un negocio
que marcha a paso de caracol: lento,
pero firme.
mcrojasr@unal.edu.co |