Carta Universitaria No. 15
Título : Empresa que sale del caparazón
Autor : María Claudia Rojas
Fecha : Abril de 2006

Con una población de siete mil individuos, Karen y Julián tienen en el cultivo amistoso de los caracoles, uno de
los secretos industriales más importantes de su naciente empresa. Foto: María Claudia Rojas

Empresa que sale del caparazón

Una crema regeneradora a base de baba de caracol logró escalar de simple tarea de clase a microempresa. Retomando la receta de las abuelas, Karen y Julián fundaron un proyecto creativo que sacó de la concha a la helicina, un compuesto con cualidades estéticas y medicinales.

“-¿Te interesa una crema de baba de caracol?”.

“-¿Qué es eso?” -contestó el interlocutor con cara entre asco y sospecha.

Después de esa desconsoladora respuesta, Karen Vides debía dar una suerte de explicaciones para interesar al comprador en las bondades de la crema regeneradora que ella había obtenido.

En todo caso era más fácil investigar 10 ó 12 horas en el laboratorio que salir a ofrecer comercialmente el producto de sus desvelos académicos. La única experiencia en ventas la había tenido en su vida de colegial, y creyó que la decisión de estudiar Ingeniería Química la “vacunaría” para siempre contra esa ingrata experiencia.

Pero sus prometedores resultados con los gasterópodos hace dos años, cuando solo algunas abuelas se atrevían a usarlos ante la mirada desconfiada de sus familias, la puso frente al dilema de convertirlos en su proyecto de vida o archivar la investigación en un anaquel.

Es obvio que Karen tomó partido por la primera opción porque estaba convencida de que su trabajo planteaba una novedad tecnológica. Antes que las televentas lanzaran la baba de caracol a la fama, la joven ingeniera se entregaba de sol a sol a atrapar la helicina, el principio activo de la baba de caracol, en una emulsión de amplio uso entre quienes padecieran manchas en la piel, acné, necesitaran cicatrizar una herida o sanar una pañalitis.

Carrera sin resbalones

Todos los sábados entre 8:00 y 10:00 de la mañana, un ejército de 600 caracoles es estimulado a dar una caminata inusual. Recorren por lo menos un kilómetro, en un ejercicio que, literalmente, los hace sudar la baba. “Este método de extracción, aunque artesanal, es amigable con los animales y garantiza un índice de mortalidad bajo”, señala la ingeniera química.

Ella vio la necesidad de controlar todo el proceso, desde el cultivo de los caracoles hasta la elaboración y venta de la crema. Precisamente la ventaja competitiva de su producto está cifrada en la tenencia de los animales -incluyendo la invención de un concentrado para alimentarlos-, a los que, a toda costa, ha evitado someter a las prácticas “salvajes” de centrifugarlos, colocarlos a altas temperaturas, golpear el caparazón o sumergirlos en soluciones químicas para obtener el valioso fluido. Ella sabe que esas rutinas generalizadas alteran el sistema nervioso de los caracoles, “y aunque el hecho de sentirse en peligro de muerte hace que expelan más baba, comprobamos que así la helicina es más poca y de baja calidad”.

A la conclusión que la extracción debe evitar traumatismos, se suma la verificación de la capacidad regeneradora de los tejidos y la actividad antibiótica de la baba de caracol. No hubo duda de que las proteínas responsables de reparar manchas, cicatrices y, en algunos casos, arrugas, se relacionan con los altos contenidos de alantoina -ayuda a que el componente activo penetre hasta la tercera capa de la piel-, ácido glicólico -nutre y facilita la eliminación de células muertas-, y colágeno y elastina -regeneran el tejido-.

Pero la inhibición del Staphylococcus aureus, causante del acné, fue una sorpresa: “Al sembrar la bacteria en cajas de petri, justo donde colocamos muestras dispersas de baba de caracol, se formaba un halo que le impedía al microorganismo crecer”, relata Judih Sarmiento, investigadora del Departamento de Microbiología Veterinaria de la Universidad Nacional. En el laboratorio cotidiano, un joven con acné severo reaccionó favorablemente al aplicarse la crema durante un par de días; el enrojecimiento desapareció y la inflamación de sus “barros bobos”, disminuyó.

Gracias al método de extracción y a la fórmula para estabilizar las delicadas propiedades de la baba, hoy Karen, que apenas empieza su carrera empresarial, vende cerca de 100 unidades por semana, sin hacer demasiada publicidad.

Empresa a pesar del cliché

El paso de investigadora a empresaria no estuvo exento de afirmaciones incisivas. “Eso no es ingeniería”, comentaron algunos docentes, para quienes la convención del ejercicio profesional está en la actividad petrolera, en trabajar silicatos o residuos industriales, y para nada en la cosmética.

Esa “vergüenza” ajena de sus profesores, e incluso de muchos compañeros, hacia su idea de elaborar una crema a partir de baba de caracol, estuvo paliada por el apoyo incondicional que le brindó su director de tesis. El profesor Mario Enrique Velásquez no sólo conocía bien la iniciativa, sino que desde que Karen la desarrolló para la materia de Planta Piloto le pronosticó futuro. Por eso aceptó ser su director de tesis dos semestres más tarde: “Venimos de unos estereotipos que la asignatura quiere romper. El objetivo es anclar la capacidad científico-tecnológica de los egresados, de tal forma que les permita ser autónomos en el trabajo para que no sean dependientes de un empleo, y más bien generen recursos”, dice.

Propósito que tiene en Vélix, la empresa de Karen y su socio Julián Prieto, un ejemplo palpable. La persona que a diario cuida los caracoles y un zootecnista son los dos empleos directos que hasta el momento ha originado; mientras la empresa que elabora los envases, la de las etiquetas y las 12 mujeres que comercializan el producto en Bogotá, Boyacá y Pereira, se cuentan entre los indirectos.

La maquila como sistema de producción y el lanzamiento de una crema de noche con la misma materia prima pero enriquecida con aceite de geranio, les esperan en menos de un mes. También nuevas investigaciones con el hospital dermatológico Federico Lleras, le abrirán el paso a una naciente industria nacional que la Unidad de Emprendimiento Empresarial de la Facultad de Ciencias Económicas no se equivocó en apoyar.

Huyendo de las ventas, Karen terminó convirtiéndose en empresaria de un negocio que marcha a paso de caracol: lento, pero firme.

mcrojasr@unal.edu.co